sábado, 23 de septiembre de 2017

Estados y Naciones. Corazón y Estómago

Mi visión del nacionalismo va de lo romántico a lo pragmático, nunca por fanatismo. Por romanticismo puedo ser español por la mañana, aragonés todo el rato, francés los viernes, alemán en el trabajo y catalán en verano; por lo pragmático: los Estados deberían estar delimitados por las cuencas hidrográficas y las Naciones por los continentes.

El Pequeño Miliciano Catalán.


Si Cataluña se separa de España (lo cual no deja de ser un imposible) ese fragmento de Historia que hasta ahora residía sólo en la memoria de mi familia, dejará de tener sentido:

Verano de 1938, margen derecha del Río Ebro, en un pueblecito del Bajo Aragón a 12 kilómetros de Belchite, una niña rubia de siete años observa con apasionado deleite a un muchacho apenas diez años mayor que ella. El joven, que se hospeda en casa de mis abuelos, pasa horas atando latas de conserva vacías con una cuerda de esparto hasta hacer con ellas un tren que luego arrastra por el corral entre saltos de conejo, ladridos de Canelo y estrépito de gallinas flacas que improvisan un vuelo desganado para refugiarse en el bardal.
De repente suena la sirena. Tocan generala. Cunde el pánico. Mi abuela, con la pequeña Manuela en brazos, grita: Dolores, Pascuala, corred bajad al trujal. Simón Agramunt, el joven miliciano natural de Mataró, ferroviario de vocación, abandona su tren y corre a esconderse bajo el bardal, metiéndose en la pajera. Un oficial anarquista natural de Xerallo sale en su busca con las cartucheras en la mano. Simón no saca la cabeza de la paja ni bajo la amenaza de que va a ametrallar la pajera. Al final, mi abuelo José se interpone ante el anarquista, se acerca al muchacho y le dice en su mal Catalán: “fill meu, no tens por. És igual de possible que una bomba ens xafe aquí envoltat de sarmientos i gallines, que en una trinchera envoltat de valentes, però per als qui ens volem molt, mai seria el mateix. Ven amb mi, tu tornes per acabar el teu tren, t'ho prometo”.  El muchacho, un niño en realidad, sacó su mano derecha del montón de paja, asió la de mi abuelo, se incorporó, se ciñó la cartuchera sobre su pantalón con peto azul, y, dejando un rastro de pajas en el suelo, marchó “pal frente” a defender el Orden Constitucional Español.
Simón volvió, cruzó el Ebro, y el Atlántico muchas veces. Vivió en México, en Brasil y en Estados Unidos donde llegaría a ser un destacado ingeniero. Muchos años después volvería a España. Contratado por el GIF realizó un trabajo crucial en la construcción del Ave que hoy une Madrid y Barcelona.

Queridos germans catalans, per favor, no nos abandonem. No ens deixeu sols

sábado, 4 de marzo de 2017

Echo de menos a José.

Dicen, que en algunos lugares de nuestra abismal e incronometrable geografía humana, desconfían de los vecinos que no ahuyentan a los extraños. Yo confío siempre en Martha, por eso, cuando José se acercó a nuestra mesita de bar, revestido de abalorios que ofrecernos a cambio de un poco de vida con la que animar su maltratado cuerpo unas horas más, y ella le devolvió una sonrisa, yo asumí que tal vez iba a comprarle algo. Claro que con lo que yo le comprara, no iba a llegar las diez, y ya eran menos cuarto.
Irreverente primer-mundista, sin ceremonia de regateo alguna, le compré un elefante, y el hombre, recogiendo con destreza mis dos euros con su mano larga y gris de negro maduro y enjuto, se fue tan triste como vino.
El viejo africano debió vender bastantes relojes con los que nunca mediría su tiempo, y muchos elefantes, o al menos los suficientes para sobrevivir exactamente una semana, pues el sábado siguiente, a las nueve y media, sentado en nuestra mesita del “Van Gogh” descubrí en la sonrisa de Martha que a mi espalda alguien me ofrecía el último elefante de su rebaño.
- ¿De dónde eres? –le pregunté.
- Muy mal, no vendo nada. Muy mal –recitó, ignorando mi curiosidad.
- Vaya, y con el frío que hace –convino Martha, sincera y solidaria.
- Senegal –le contestó a ella, emocionado.
- ¿Cuántos años llevas en España? –probé de nuevo.
- Compra una para ella –insistió, ofreciéndome una pulserica de cristalitos turquesa.
- No, no. Que no le gustan mucho las pulseras –eludí la oferta-. Pero te voy a comprar otro elefante para ella.
El vendedor hizo prestidigitación con mis dos monedas, y probó de nuevo fortuna:
- Compra tú uno –dijo, ofreciéndome un reloj precioso de cromo del que me sobró del pomo.
- No, no. Que ya tengo uno –me excusé.
- Muy mal, muy mal. No vendo nada –insistió.
- Otro día, de verdad, que no necesito. –concluí.
Siguiendo sus ojos secos de muerto viviente, marchó con su oferta de pulseras, micro-elefantes y relojes de fantasía hacia otras mesas, donde ni le vieron. Taciturno, saludado por el amable dueño del Pub, se fue en silencio.
Pasó otra semana. El fin de semana más frío del invierno. En la calle un cierzo ladrón robaba en cada zarpada media docena de grados al termómetro. Misma hora, mismo lugar, mismo momento mágico con mi querida Martha. Yo había hecho cinco de las acostumbradas nueve muescas en mi pinta de cerveza turbia, ella iba por la tercera en su caña clara. Esta vez fui el primero en verlo. Se le veía muy apurado, aterido de frío, sin pensarlo dos veces vino directo a nuestra mesa.

- Muy mal. No vendo nada. Muy mal –me dijo, antes de que le saludara.
- Tienes pulseras para hombre –le preguntó Martha, cariñosa.

Él, como si supiera mis gustos, rebuscó entre las docenas que llevaba, sacó una, y la verdad, me gustó. Me ayudó a ponérmela como si fuera mi estilista.

Esta vez las tres monedas no desaparecieron con presteza. Sus manos frías y acartonadas respondieron con torpeza, y se le cayó una al suelo. La recogí y se la entregué. Marchó tan serio como vino, invisible para todos, menos para nosotros y para el dueño del “Van Gogh”.

Cuarta semana, un mes, misma puesta en escena: entra un hombre negro de unos sesenta años, arropado con una guerrera del MFDC sin divisas, cargado de abalorios, se le ve derrotado y agotado, se dirige hacia nosotros, y de modo familiar se sienta a nuestra mesa. No nos importa. Le recibimos con una sonrisa.

- Muy mal, no vendo nada, muy mal –recita suspirando.
- ¿Cómo te llamas? –le pregunto.
- José. Sí, de Senegal –me contesta con su voz de cantante de blues.

José estuvo un par de minutos sentado con nosotros, respondió amable a todas mis preguntas: senegalés, sesenta y un años, agricultor, padre, ocho hijos una esposa, rebelde, exiliado, doce años fuera de su patria; peón, temporero, bracero, parado, envejecido y diabético, comparte alojamiento con ocho compatriotas, todos jóvenes, y se gana minutos de vida vendiendo acera a acera, puerta a puerta, mesa a mesa.

Quinta semana, mismo escenario…

- Muy mal, no vendo nada, muy mal.

Martha me regala otra pulsera de cuero, la tercera. Tres monedas y un “Cuídate José, a coro”. No da las gracias. No dice nada. No importa.
Sexta semana, mismo escenario, mismos actores primer-mundistas, pero esta vez acompañados de otros dos. Dos matrimonios maduros, dos pintas turbias, dos cervezas claras y una bolsita de patatas fritas, abierta en el centro de la mesa. Entra un hombre, negro, africano, arropado con una guerrera del MFDC, sin divisas, cargado de abalorios, no saluda al barman; es joven, menos de treinta, robusto, se le ve orgulloso con su mirada fija y altiva. Viene directo hacia mí, como si me conociera.
- ¿Compras uno? –me ofrece un puñado de relojes de oro, del que cagó el loro.
- ¿Conoces a José? –le pregunto, rehuyendo educadamente la oferta.
- ¿José? José no viene –me contesta seco el joven.
- ¿No se encuentra bien? –le pregunta Martha.
- No, José no está bien. Compras una –me ofrece una pulsera horrible.
- Ya tengo tres pulseras. Te compro ese llavero con un elefante de colores.
Cierro el trato, dos monedas, que caen cómodas sobre su mano gruesa y almohadillada. Nuestros compañeros de mesa ni se inmutan, es más, se diría que están molestos por mi pésima operación financiera.
Ahora, mi llavero principal que debe dormir sobre un cenicero que nunca tuvo ceniza, cuelga de un llaverito con un elefante “indi” de plástico policromado. ¡Qué fantasía!
- Pobre –se lamenta Martha-. Se le ve tan mayor, seguro que ha pillado la gripe –todos ignoramos su preocupación.
Apenas dos minutos después, mientras comento ante la mirada neutra de nuestros amigos, que ya se empiezan a ver inmigrantes en la indigencia casi ancianos, como por ejemplo un tío africano muy mayor, mal afeitado con su barba cana, que acostumbra a entrar al Pub con el beneplácito del barman, belga y ex-legionario, y que por lástima siempre le compramos algo, entra José y se acerca a nosotros confiado, pero al vernos acompañados, no se sienta a nuestra mesa.
- Muy mal, muy mal, no vendo nada –reza José su letanía.
- Ya le hemos comprado un elefante a otro –respondo seco y cínico.
José, que no tiene una cara para cada uno de sus estados de ánimo, o no tiene otro estado de ánimo que el que su cara representa, vuelve a ofrecerme una pulsera de las que me gustan.
- No gracias. No queremos nada, otro día –concluyo con una sonrisa, tratando de evitar que nuestros contertulios piensen que somos unos nefastos administradores de nuestra blanca fortuna.
José desaparece invisible para todos menos para el barman ex–legionario y belga, que vuelve a decirle algo que nunca he logrado entender.
Una semana después, misma hora, mismo lugar, volvimos solos con la esperanza de hacerle una buena compra con la que recuperar la confianza de José. Alargamos nuestras muescas en los vasos de cerveza esperando que de un momento a otro aparecería. No lo hizo, tampoco su sucedáneo de ébano bruñido. Volvimos semana tras semana mientras permanecimos en la ciudad, no le vimos; le preguntamos al barman belga y ex-legionario que negó conocerle, incluso arrastramos nuestros pasos por la calle esperando encontrarle de vuelta a casa, no fue así.
Ahora en mi corazón hay un hueco dejado por mi mala conciencia, en mi muñeca había un hueco que Martha llenó con una bonita pulsera de boutique que me recuerda a cada momento cuanto la quiero, pero echo de menos el perdón de José. Ahora que yo estoy aquí, él debe seguir allí, y le echo de menos, como sus hijos le echan de menos a él aquí, como mi padre me echa de menos a mí, allí.

- Muy mal, muy mal, Phineas –me repito, cada vez que me miro la muñeca.

domingo, 31 de julio de 2016

LA HUMANIDAD: UNA ESPECIE CON OBSOLESCENCIA PROGRAMADA

Desde las calzadas y los canales romanos, la Humanidad no ha creado nada laico cuya función fuera la de durar para siempre; ni siquiera la Gran Muralla china, pues, aparte de su majestuosidad, su función de fortaleza terminó cuando acabó la amenaza de los guerreros mogoles.
Cada vez que hemos intentado tener una perspectiva milenaria de nuestra existencia, ha llegado una oposición imparable que "suavemente" la ha reconvertido en promesas del Más Allá. Ya no pensamos en la eternidad de nuestra Especie, si no en la del Individuo; eso sí, después de la muerte. !Vaya timo!
Han habido intentos de crear ideologías milenarias, ninguno acertado, y todos malogrados al enfangarse en el instinto egoísta del nacionalismo y el racismo; curiosamente diseñados siempre en torno a la misma fuente espiritual.
Hoy, la perspectiva vital de moda para los humanos se circunscribe entre trabajar como un burro para conseguir una larga jubilación (sometida ahora a una campaña de inviabilidad económica) que nos lleve "dulcemente" a una Vida Eterna en el Paraíso, o "reventar" cuanto antes como hombre bomba, para tener un harén de 72 vírgenes en el Yanna. 
Para que no hagamos planes de futuro remoto, se nos ha negado la verdad de nuestro pasado remoto, con un vacío de miles de años, entre la aparición del Homo Sapiens Sapiens y la extrañamente avanzada cultura mesopotámica.
Seguimos en el "cree, o muere", la estrechez del "Sí, o No-ismo" imposibilita una planificación eficiente de la Humanidad, que inevitablemente la llevará a una pobre existencia que ignoro cuanto durará, pero que seguramente vendrá determinada por nuestra incapacidad para aceptar las limitaciones físicas de nuestro Planeta. Somos una especie cultivada (ignoro con qué oscuro propósito) cuya máxima ambición es crecer y crecer en número hasta el colapso, UNA PLAGA.
Si aún queda en nuestro ADN algo de aquel homínido curioso que evolucionó hasta convertirse en el Homo Sapiens, si todavía queda algo de sabiduría terrenal en nuestro cerebro, debemos romper con la Vida Eterna, y evolucionar a un nuevo estado de Conciencia que detenga nuestro crecimiento numérico esponencial, y nos haga crecer como Individuos integrados en el Más Acá, para así garantizar nuestra perpetuidad como Especie.
Merecemos la pena.

domingo, 24 de julio de 2016

ROTONDA REVISITED II: Razas Rotóndicas.


La cuarta vez que atajamos por Rotonda camino de casa, la isla urbana no estaba desierta: en uno de sus bancos próximos a su manantial central, reposaba un prejubilado sonrosado y obeso con barba blanca poco poblada; junto a él, de pie, una mujer de mediana edad con pantalones cortos y coleta, morena, trataba de contener con ambas manos a un perro pequeño de presa, de esos que catalogan como raza “peligrosa” que, sin producir sonido alguno, daba pequeños brincos amenazadores abriendo su desproporcionada boca exenta de bozal. Tanto el prejubilado como la mujer eran de raza mayoritariamente caucásica.
Frente a ellos, un anciano de corta estatura, de raza podríamos decir que mediterránea, con camisa azul clarito de manga larga a pesar de los 34 grados a la sombra, y topado con una gorra azul que no recuerdo bien, pero seguramente aún era una de aquellas que regalaba la marca Massey-Ferguson en los años ochenta, blandía en el aire uno de sus largos brazos acostumbrados al manejo de la tierra desde niño, y se dejaba sujetar por el otro de uno de sus nietos, de unos ocho años, con gafas y aire intelectual; el cual, mientras agarraba a su abuelo con una mano y con la otra asía un patinete, le gritaba:
-      ¡Déjalo Yayo! ¡Por favor! ¡Déjalo, ya! ¡¿Yayo…?!
Al lado del muchacho, y agarrada del pantalón del abuelo, una niña de unos cinco años, también con gafas, maltrataba muy nerviosa su patinete dándole vaivenes con el pie, lloraba desconsoladamente, pero no decía nada.
Los dos niños eran de raza predominantemente negra, y luego pudimos comprobar que también eran encantadores y educados.
El abuelo mediterráneo, que perfectamente podría ser mi tío, al ver que nos acercábamos se creció, alzó la voz para que pudiéramos oírle, y dirigiéndose al prejubilado, le dijo:
-       Como se vuelva a meter con mis nietos, se va a enterar Usté.
El prejubilado caucásico, sentado frente a nosotros, se puso colorado como un tomate y no respondió, pero la  mujer armada con perro, que nos daba la espalda, amenazó al abuelo:
-        Si no se calla, vamos a llamar a la policía.
-     ¡¿Callarme?! –repuso el anciano, y añadió–: hasta ahí podíamos llegar. Ellos no le hacen daño a nadie. El parque es de todos.
-      ¡Por favor Yayo! ¡No te disgustes! Yayo. Por favor, ¡vámonos! –suplicó el muchacho, asustado por la situación y por la enorme dentadura del can.
-       ¡Venga hombre! ¡Es que no hay derecho! ¡Que los pobres no se meten con nadie! Lo único que hacen es jugar con el patinete –añadía indignado el abuelo; ahora sin respuesta por parte de los caucásicos, que ya se habían percatado de nuestra presencia.
Incapaces de hacer todavía un juicio de valor sobre lo ocurrido, Martha y yo, decidimos interrumpir nuestro paseo y, sin quitarle ojo al moloso, nos detuvimos a pocos metros para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos e intervenir del modo más justo posible.
Afortunadamente, ante el silencio excusatorio del prejubilado, su compañera cancervera, y su perro mudo; el abuelo cedió a los tirones y las súplicas de sus nietos, y comenzó alejarse en nuestra dirección, diciendo todavía algo que no pudimos entender.
Al ver que la cosa no iba  a mayores, nosotros reiniciamos la marcha, pero al llegar al semáforo que une Rotonda con nuestra Civilización, esperamos hasta que llegaran ellos.
-      Tenéis un abuelo muy valiente –les dije a los muchachos, necesitado de demostrarles que no todos los blancos cuasi caucásicos somos unos hijos de puta que nos metemos con niños de raza negra que, presionados seguramente por otros en su urbanización, se ven obligados a migrar buscando su lugar de juego en la recóndita y solitaria Rotonda.
Los muchachos, todavía con hipo, sonrieron pero no dijeron nada. El abuelo, visiblemente disgustado nos dijo:
-       ¡Hombre! Ese tipo, que lleva tres días metiéndose y amenazando a  mis nietos con que va a llamar a la policía; y ya ven, son los más miraos del mundo, no hacen mas que jugar con el patinete, pero se ve que al tío le molesta el ruido, o qué se yo que le pasa.
-        No se disguste –le recomendó Martha–, con el calor la gente pierde los modales.
-        Pues, porque no se ha levantao, que si no; soy viejo, pero le meto un guantazo y con él se queda –amenazó el anciano convencido de su valor.
-   Venga no se disguste. Ya verá como no les vuelve a decir nada más –le dijimos para tranquilizarle.
-         Que no me entere yo –concluyó el abuelo.
-          Bueno, adiós –nos despedimos.
-          Adiós, y gracias –se despidió el anciano.
-     Gracias –susurró el muchacho, mientras requería a su hermana que les siguiera con el patinete.
-       Gracias –añadió la niña, con una sonrisa.
Esta situación, quizá se hubiera dado igual con niños de otra raza, pero la estampa, que parecía sacada de los peores momentos del odio racial norteamericano, me dejó muy mal sabor de boca, a la vez que creí ver desvelada la respuesta que andaba buscando en Rotonda: si hay una maléfica voluntad mundial por dinamitar la Alianza de Civilizaciones, este es el mejor momento para luchar contra ella.
Eso iba yo pensando aquella tarde, pero luego en una de las avenidas que conforman Rotonda, fuimos testigos de otra situación (ver fotos adjuntas) que nos dejó nuevamente desconcertados. El “buscador”, que nos aseguramos de su supervivencia, era de raza oriental, seguramente chino.

sábado, 23 de julio de 2016

ROTONDA REVISITED I. Buscando una explicación.

Hace más de dos años que Israel, el Rey de Rotonda, abandonó su Isla; y no ha vuelto.
No se despidió de mí, pero días antes de partir, me dejó un mandato:
-Amigo Phineas, si la laberíntica espiral en la que nos encontramos tiene su salida en un Agujero Negro, para escapar hay que ir a la entrada, al principio del sendero ensortijado. Hay que volver a la Madre. Hay que regresar a ÁFRICA.
Súbdito fiel, volé a África después que las golondrinas, cuando ya habían caído las primeras nieves. Él no sé dónde se fue, pero me han dicho que al igual que las abejas reinas deambulan rodeadas de su enjambre buscando el mejor lugar para su panal, le vieron haraganear por los barrios residenciales acompañado de otros vagabundos buscando su nueva Arcadia.
Hace unos días que volví de África, y he vuelto realmente decepcionado: la Madre de la Humanidad ya no es fecunda. En África ya no nacen africanos, si no europeos negros deseosos de abandonar ese útero donde se gestaron, por excesivamente cálido, muy húmedo, o severamente reseco; siempre abarrotado de gérmenes criminales, y glóbulos blancos, que, más que protegerles de ellos, parecen cómplices de su cultivo. Los nuevos africanos se desesperan imaginando mil maneras de dejar sola a su anticuada madre aborigen.
Deseoso de una explicación, necesitaba ver al Padre; y aunque había prometido no volver nunca más, no pude reprimir mi necesidad y regresé a Rotonda. En mi primera incursión no encontré ni al Padre, ni al Rey, ni explicaciones, ni nada de nada. La isla estaba desierta; así sucedió dos tardes más, pero a la cuarta…
(Continuará)

domingo, 24 de enero de 2016

Los Labios de Martha

Labios, que son pétalos de rosa que perfuman tus palabras amargas, cuando éstas son susurros. 
Labios que son brasas, que arden, y calientan el aire que sale de tu pecho, frío en el jardín. 
Labios, que son lazos rojos que rodean tus palabras como un regalo, cuando éstas hablan de mi.
Phineas Theron
23 de julio