sábado, 29 de noviembre de 2014

La Llama Eterna: Relato VI -Nuestra pasión fluyendo por las venas de otros-

  Fuente: RNE Sinfonía de la Mañana (Martin Llade)

  Como caída del cielo, con alas de tafetán negro, había surgido ella en el momento en el que él más la necesitase.

A partir de ese momento, su posición quedó asegurada. Cada año podía dedicarse a componer la música que le dictaba el corazón, sin cortapisa alguna, y todo gracias a ella. Sólo le impuso una condición: “bajo ningún concepto, debían verse jamás”.

Aunque lo encontró extraño, aceptó, si bien no hubiera tenido nada que temer de él; y así, al no mediar la mirada del día entre ambos, pudieron desnudarse mutuamente a través de sus cartas. Y ella le habló de los terribles estragos de su matrimonio, y de su resistencia a volver a someterse a hombre alguno. Él también le habló entonces de lo desgraciado que fuera tras su boda, de su intento de suicidio, y de cómo su madre, que tan pronto se marchase, le cantaba El Ruiseñor cuando lo acunaba las noches de invierno.

En ocasiones, la palabra “dinero”, enturbiaba la elegante caligrafía de él, pero ella blanqueaba el borrón con una nueva confidencia y una letra de cambio. También solía invitarle los veranos a su finca de Simaky, para que disfrutase allí de la calma que la ciudad no le brindaba, y pudiera escribir alguna sinfonía nueva. Dado que en ocasiones, ella también se encontraba en la residencia, la consigna era la siguiente: “él ocuparía un ala de la mansión, en la que ella no pondría jamás el pie, y saldrían a pasear a horas distintas para no cruzarse. Por otro lado, los criados estarían a su completa disposición”.

Piotr Ilich encontraba aquello divertido, como si fuese el huésped de la bestia en el cuento de La Bella y la Bestia, si bien los retratos que encontró de ella con su familia en las paredes, la mostraban como una mujer enjuta y de mirada penetrante, todavía con algunos vestigios de su belleza anterior, desperdigados, a modo de lentejuelas, por su rostro y talle.

Una tarde, se encontraron en un caminito que daba al bosque contiguo a la mansión. Debió ser ella quien se despistó y se retrasó porque él era impecablemente puntual. Al verla, Piot Ilich sintió que el alma se le escapaba por los quicios de la mirada. ¿Qué debía hacer? ¿Pararse y hacerle una reverencia? ¿Acaso besarle la mano? La Sociedad en la que vivía, le había convertido en un maestro de la compostura, aunque el alma le ardiera como estopa. En su lugar, echó mano al sombrero y se lo levantó de la cabeza unos instantes, para volver a ponérselo. Ella, rígida como en sus fotografías, asintió de forma casi imperceptible. La distancia entre ellos era, aproximadamente, la del piano que habían instalado en las habitaciones de él. No salió ninguna palabra de sus bocas, y ambos continuaron su camino sin echar la vista atrás.

Él pensó lo mismo. La ventaja de estar tan cerca, a la vez que tan lejos, era que los criados traían los mensajes en apenas unos minutos.

Piotr Ilich estuvo de acuerdo, pero añadió una posdata: “ahora que se habían visto, ¿por qué no reforzar ese vínculo?”

“Era curioso” –pensó el músico–, la única mujer del mundo de la que más cerca se había sentido, después de su madre, era aquella que, en realidad, siempre estuvo más lejos. La única a la que, quizás, hubiera podido amar. La que no le exigía otra cosa, si no que fuera él mismo, transmutado en papel, tinta y lacre. Ardiente pasión, templada por el viento que iba de San Petersburgo a Moscú, de París a Florencia, del Todo a la Nada.

Piotr Ilich le habló de su sobrina Ana, pizpireta e inteligente, y en edad casadera, ¿por qué no la prometían con el hijo de ella, Nicolay? Así estarían unidos de alguna manera a través de su sangre, fluyendo por las venas de otros, y quizá sí hubiese una línea sucesoria: Tchaikovski-Von Meck.

Eso implicaba encontrarse en los festejos, volver a verse, levantar el sombrero, bajar la sombrilla, y qué más.


La Señora Von Meck, replicó entonces en su último mensaje antes de abandonar Simaky, que le parecía una maravillosa idea.

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