domingo, 30 de noviembre de 2014

La Llama Eterna: Relato VII -¡Qué morro!-

Fuente: RNE Transcripción literal de Sinfonía de la Mañana (Martín Llade)

    No todos los días un músico tenía el honor de ser agasajado por la mismísima reina de Inglaterra, ni tampoco todos los días una reina tenía ante sí al gran Félix Mendelssohn, héroe musical en aquel país que se encontraba apurando sus últimos momentos en suelo inglés, antes de embarcarse para el Continente. La última reunión entre Victoria, el Príncipe Alberto y el músico, tuvo lugar en el Palacio de Buckingham, dónde ella quiso interpretar alguna canción inédita que él hubiese escrito recientemente. El músico se disculpó porque todas sus partituras estaban ya embaladas de camino al barco.
Era “Zenner, und Zenner”, la tercera de las canciones sobre un poema de Grillparzer.
Empalideció ligeramente cuando leyó el título. No, no necesitaba la partitura, porque se la sabía de memoria, como todo. A excepción de un pequeño tropiezo a mitad de la canción, la reina Victoria la interpretó bastante bien. Quizá fuera la más diestra amateur a la que tuviera la oportunidad de escuchar.

Una vez acabada la canción, Victoria se secó una traviesa lágrima junto a la comisura de los labios, y le tomó del brazo conmovida.

Ahí ya no pudo más él; retiró suavemente la mano de la Soberana de su brazo como si no se creyera merecedor de aquella caricia.

Los ojillos de la reina Victoria se almendraron de estupefacción.

Él le hubiera respondido que, lógicamente, la hija de su padre y de su madre, pero acaso aquello hubiera sonado a impertinencia. La Reina ojeó la partitura:

Y le alegró que le coincidencia de iniciales le dispensase de explicar que, en su momento, el padre de ambos insistiera en que las canciones de ambos fueran publicadas sólo a nombre de Félix.

Y él, Félix, lejos de oponerse, había aceptado. De hecho, ahora que lo pensaba, quizá la idea inicial de aquel engaño fuera suya.

Ahora no podía recordarlo, sólo era capaz de evocar el rostro contrariado de su hermana, los labios fruncidos, y sus delicadas mejillas encarnadas, mientras su mirada, en otras ocasiones soñadora, se endurecía como el vidrio para no dejar escapar el llanto.

Lo habían hecho “por su bien”, igual que no permitirle seguir sus estudios de música. ¿Quién la hubiera querido por esposa entonces? Con una George Sand fumando puros y llevando pantalones, ya tenía bastante el mundo. A cambio la habían casado con el buenazo de Willem Hensen, aquel sensible pintor que adoraba sus composiciones. De hecho, según parece, las interpretaban en la casa en la que el matrimonio vivía ahora en Italia, y con ellas obsequiaban a su círculo de amistades a la hora del té.

Al menos Fanny –se dijo él–, se había ahorrado aquella vida agotadora de músico errante que llevaba Félix, sin pelear con las orquestas, ni con los mozos de carga, ni con los editores avariciosos.

¿Debía escribirle contándole el divertido incidente con la Reina? Acaso se sintiera alagada; aunque, mejor no –decidió–. Puede que abriera viejas heridas, y no le provocase, si no amargura.

La reina Victoria decidió entonces que interpretasen otra canción del Opus 8; por ejemplo, Das Heinbeck, que también le encantaba.

¡Oh Dios! Se maldijo él.

Y cantó el Romance, todavía mejor que la canción anterior; pero, cuando acabó, se acercó a Mendelssohn, y con aquella discreción que en ella resultaba tan exquisita, le preguntó a media voz:

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