jueves, 4 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XI –La Inspiración-

    Una estrella se apagaba lenta, pero inexorablemente, sabía que apenas le quedaban un par de semanas de vida, y la imaginación, lo único que aún le funcionaba, medianamente, le hizo imaginar los titulares al día siguiente a su muerte:

“ADIOS A UNA LEYENDA. LA GRAN ESTRELLA DE LA CANCIÓN ISRAELÍ, FALLECE A LOS 74 AÑOS”

Y sin embargo, Naomi Shemer sabía que había aún cuentas pendientes que saldar, antes de encontrarse con aquél cuyo nombre no puede escribirse con todas las letras.

Pero ya no contaba con las fuerzas necesarias, pidió por tanto a su nuera que redactase por ella una última carta a Gil Aldema. Tenía que ser a él porque fue el primero en sugerirle, casi cuarenta años antes, que escribiese una canción para Jerusalén, para el festival que se celebraba en la Ciudad Santa.

Al principio a ella no se le ocurría nada y ha punto estuvo de telefonear a Aldema, declinando la invitación. Pero una noche, una melodía se despertó en su cabeza, como un sueño de lactante, y no dejó de retumbar en su mente, con un zumbido suave pero penetrante. Una melodía que pedía ser bautizada con tinta y papel pautado. A medida que fue transcribiéndola, su fértil imaginación hacía brotar versos que encajaban en ella como un guante.

Aldema, se sintió fascinado por la canción; y también Shuli Nathan que la interpretó en el Festival. Tras cantarla, el auditorio permaneció en silencio, y después prorrumpió en una ovación, tan atronadora, que se hubiera dicho capaz de resquebrajar las murallas de la vieja Sión.

Por azares del destino, tres semanas después estalló la Guerra de los Seis Días. Los soldados israelíes combatieron entonces con “Jerusalén de Oro” en sus labios, y la canción se asoció irremediablemente a la victoria. De forma casual e inesperada, Naomi Shemer, había escrito un himno, tan ligado a su pueblo, como el Muro de las Lamentaciones, o la Avenida de los Justos entre las Naciones.

“Jerusalén de Oro” fue traducida a todas las lenguas. Las familias la cantaban los días de fiesta, incluso hubo serias tentativas de convertirla en Himno Nacional. Pero Naomi no estaba satisfecha. Con el paso del tiempo, cantantes de otros países, le hicieron la observación discreta pero contundente, de que aquella hermosa canción, recordaba a otra, ¿no la conocía por casualidad? Siempre lo negó. ¿Cómo reconocer que, inconscientemente, había creado algo que pura y llanamente había olvidado, que ya existía?

El subconsciente juega a veces malas pasadas; y la gloria de Naomi era, en parte, arrendada a un humilde cantautor de un país lejano.

Su propia nuera parecía sorprendida. La historia le sonaba, naturalmente, pero siempre pensó que era una calumnia, fruto de las envidias que suscitaba el prestigio de su suegra.
Naomi Shemer se rió.

Luego, más seria, decidió que la carta debía concluir:

"Espero que el Señor pueda perdonarme, si es que obré mal"
Quince días después Naomi Shemer fallecía. Su confesión llegó hasta Paco Ibáñez, que desde entonces comentaba con humor en los conciertos:

-Pero… ¿Cuántos derechos de autor ha generado mi madre?

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