viernes, 5 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XIII –“Esponjita”-

Texto extraído del programa de RNE "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

      Era una noche de tantas en el Hoirigen ante una mesa desbastada con tabaco mediocre y un vino aún peor, pero a “Esponjita” eso parecía darle igual. Comentaba a sus amigos, Lagner y Bauern Felt, los últimos chismes que acababan de llegarle en torno a su persona. Si el vino era infame, la expresión avinagrada de él, parecía la más propicia para degustarlo.

Pero su indignación no tenía límite; igual que aquella noche. Era cierto que todos le conocían, cariñosamente como “Esponjita”, explicó; pero no como pudiera parecer por su afición a la bebida. El apelativo se lo había puesto su padre de niño, al ver la rapidez con la que absorbía cuanta música le enseñaban.

En ese momento entró un grupo de músicos con los estuches de sus instrumentos; salían de tocar de la Opera, y no tardaron en reparar en la presencia de “Esponjita”.

Aunque, por lo general, era tímido y pudoroso; el pésimo vino de aquella taberna, sabía también sacar lo peor de él. Propinó un puñetazo a la mesa que dio con la jarra en el suelo, y se puso en pie. Los anteojos se le cayeron al vaso de Lagner, pero no pareció advertir ello.

Los músicos, lejos de indignarse, se echaron a reír. Él se encorajinó todavía más.

“Esponjita” se desplomó sobre la mesa. Lagner y Bauer Felt, que tampoco estaban demasiado ágiles, se apresuraron a cogerle en volandas y lo sacaron de allí. Todavía resonaban las risas de los músicos a un kilómetro de distancia.

Al subirlo por las escaleras empezaron a asustarse, porque “Esponjita”, completamente pálido, seguía sin dar señal alguna de estar entre los vivos. Bauer Felt bajó al pozo del patio, y lo resucitaron a  golpes de cubo de agua; a la séptima mojadura, el mozo prorrumpió en violentas toses. Lo metieron en la cama con una bolsa de agua caliente. Lagner se fue a su casa, no sin sacarse del bolsillo los anteojos de su amigo.

Bauer Felt, despertó dulcemente arrullado por los sones del desvencijado piano de su salón. En él encontró a “Esponjta” en camisa tocando una pieza que nunca le había escuchado antes.

Tratando de no hacer más sangre, le relató la agitada discusión con los músicos.

Y se recreó primorosamente en la frase musical que parecía ser el objeto de su nueva canción.

Creo que quedará bien con el poema “Para cantar sobre el agua” –y estornudó ruidosamente–; aunque, visto lo visto, lo mejor sería rebautizarlo como: “Para cantar debajo de ella”.

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