viernes, 20 de febrero de 2015

VAGABUNDO: - Rotonda desde el aire- CAPÍTULO XI Y ÚLTIMO.

Desde la ventanilla del avión, Rotonda, azotada por el frío y cubierta de nieve, parece una cebolla partida por la mitad, con sus múltiples capas blancas y jugosas, y su corazón ligeramente verdoso, en cuyo centro ya apenas se adivina el minúsculo Agujero Negro que acabará por devorarla completamente. 

Las cebollas partidas siempre me han hecho llorar. Lloro, pero mis lágrimas ya no riegan la tierra exhausta de Rotonda; no lo harán nunca más; ahora vuelan hacia el campo lejano donde un día brotara la semilla de la Humanidad.

Dejo Rotonda. Oiré los cantos de sus sirenas en sueños y despierto, pero no volveré a verla jamás, como no volvieron las oscuras golondrinas en cuanto se aprendieron nuestros nombres verdaderos:

- ¿Armonía? No, Amenaza.
- ¿Sostenibilidad? No, Expoliación.
- ¿Respeto? No, Invasión.
- ¿Naturalidad? No, Artificio.

Porque yo también me he aprendido nuestros nombres auténticos: 

- ¿Sabiduría? No, Fe.
- ¿Cultura? No, Costumbre.
- ¿Fraternidad? No, Tiranía. 
- ¿Libertad? No, Esclavitud. 
- ¿Igualdad? No, Exclusión.

...

¡No volveré! Dejaré que la tierra africana absorba hasta el último humus de mi Existencia para que un día, aún muy lejano, nazca de ella la Cosecha Nueva .

Ha comenzado el Principio de otra Oportunidad. Mis pies de Vagabundo dejarán de dar vueltas sin sentido en torno a Rotonda, echarán raíces en esa tierra roja que dio color a nuestro único elemento común: nuestra Sangre.

Definitivamente dejo atrás a mi madre adoptiva y a mis tres hermanas. En realidad, hace tanto tiempo que las abandoné que, ya ni lo lamento; o fueron ellas las que me abandonaron a mí, ya no lo recuerdo. Más sentiré la ausencia de esos buenos amigos que en los peores momentos de penuria me ayudaron a salir adelante en mi querido Reyno de Rotonda. No fueron muchos, fueron poquísimos; bueno, lo cierto es que fueron sólo tres: Manuel, el anciano siempre joven; Phineas, el novelista novel, y su esposa adorable, Martha. De estos últimos siempre guardaré el mejor recuerdo, y la radio de "cuerda", que cada noche llena de calurosa compañía las horas frías de mis noches de vagabundo.

--¿Estás seguro de lo que vas ha hacer? -me preguntó Martha antes de darme un abrazo fuerte y maternal, en la terminal del aeropuerto.

--Completamente. He tenido tiempo para pensarlo. Después de cientos de vueltas a Rotonda, y miles a mi cabeza, estoy seguro de que esta es mi misión -le respondí, sonriendo para tranquilizarla.

--Tío, me das vértigo, pero es el mismo vértigo que siempre me han dado las alturas, si no fuera por eso hubiera sido alpinista. ¡Qué envidia! Cuídate -me dijo Phineas.

--Y Tú, cuida de esta mujer, amigo -le dije al oído, abrazado a él, y algo celoso de su suerte.

--No te olvides de escribir -me pidió Phineas.

--Descuida, lo haré. Y tú cuenta, cuanto te cuente. Haz que llegue a todo el Mundo -le rogué yo.

--No me dejaré detalle -me prometió.

--Martha, Phineas, sois geniales; no os olvidaré nunca. Gracias -les di un beso, y me embarqué.

...

Han pasado varias horas, no sé cuántas, la tiranía redonda de mi reloj de pulsera quedó sepultada en una papelera de la Avenida de la Constitución de la, ahora lejana, Rotonda.

Amanece, y desde la ventanilla del avión observo una Tierra Nueva: la isla de Bioko.

Termina VAGABUNDO y comienzan las CRÓNICAS AFRICANAS de Israel Jordán (Rey abdicado de Rotonda).

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